El adulto debe dar y hacer justo lo necesario para que el niño pueda hacer las cosas por sí solo y de manera provechosa: si el adulto hace menos de lo necesario, el niño no logrará hacerlo de un modo útil, si hace más de lo necesario y, por lo tanto, se impone o substituye al niño, apaga sus impulsos de hacer. Existe, entonces, una intervención determinable: hay un límite perfecto que hay que alcanzar, que se podría llamar “el umbral de la intervención”.

Esta determinación se va haciendo, de a poco, cada vez más precisa: a medida que la experiencia progresa en tal sentido, se aclara de forma cada vez más exacta la relación necesaria entre la personalidad del adulto educador y la del niño.

Cada niño, teniendo una libre elección de su actividad, se desarrolla según sus más íntimas y profundas necesidades creativas y progresa en la instrucción: de este modo se produce el desarrollo de la individualidad.

De M. Montessori “El niño en familia” p.114 version italiana