“La idea de dejar hacer al niño es fácilmente comprendida, pero en la práctica se encuentran complejos obstáculos, que están arraigados muy profundamente en el alma del adulto. A menudo este, aún quierendo dejar al niño libre de tocar y mover objetos, siente no poder resistir a impulsos vagos, que terminan por dominarlo. Una joven señora de New York era instruida sobre estas ideas y quería ponerlas en práctica con su guapísimo niño de dos años y medio. Un día lo vio transportar (sin razón) una jarra llena de agua de la habitación al salón. Ella veía la tensión, el esfuerzo de este niño que se movía con dificultades y se repetía continuamente a sí mismo “be careful, be careful”. La jarra era pesada y llegó un punto en que la madre no pudo resistir y lo ayudó cogiendo la jarra de sus manitas y llevándola donde él quisiera. El niño lloró y se sintió mortificado y la madre sintió  haber hecho sufrir a su niño. Ella se justificó diciendo que, aún conociendo la necesidad que empujaba el niño, le pareció tremendo dejar que se fatigara y  hacerle perder tanto tiempo para una cosa que ella podía hacer en un momento. “Entiendo que lo he hecho mal” me decía aquella señora, pidiéndome consejo. Yo reflexioné sobre el otro lado de la cuestión, el sentimiento de defensa hacia los objetos que se podría llamar “la avaricia hacia el niño”.

 

De M. Montessori “El secreto de la infancia” p.149 version italiana